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jueves, 22 de septiembre de 2016

(Lo que no se escribe...)

Esto no debería de decirlo, porque cuando un poeta escribe sobre amor (oh, cuánto te quiero amor mío), debe ser enteramente cursi (como el brillo de tus ojos reflejado en mi memoria), se pone a los pies de su musa (ninguna de ningún poeta a lo largo del tiempo, ha sido siquiera la mitad de hermosa como sos vos, mi querida tonta, mi querida musa, ¡mi querida mía!), debe ser modesto y humilde (no tengo yo nada y nada soy sino es contigo, oh, querida niña de mi alma), debe enaltecer las bellezas y virtudes de su amada (pueden hacerlo en primera persona: mis virtudes; tener a mi lado a alguien como tú. Mis bellezas; sus ojos que me inspiran, sus labios que me llaman, sus miradas que me intrigan, su sonrisa que me encanta, su cuerpo que me exista, su sexo que aclama, sus senos que enloquecen, sus pensamientos que me tienen, sus pupilas; éstas me gobiernan. Usted, toda usted: la belleza del poeta universal).

Lo que no se dice, lo que no se debería de escribir en el amor: a veces creo que el amor se desvanece lenta, paulatinamente como el humo de su cigarrillo, a algún lugar remoto, sin nosotros, sin Dios ni diablo, sin nada ni nadie. A veces creo que no mereces tenerme contigo.






miércoles, 3 de agosto de 2016

De un poeta jodido.

-Estoy completamente jodido -dijo el poeta.

-¿Lo estás? -Preguntó su amigo, el filósofo.

-Sí, lo descubrí esta madrugada, no he dormido nada, he pasado un insomnio lleno de suspiros pensando -(así, como suelen pasar los insomnios de un poeta).

-¿En qué pensabas? -Preguntó el filósofo, pero sin la menor duda de cuál sería la resuesta, pues era obvio para él, así como es obvio para ti que ahora lo lees: el poeta estaba enamorado.

El poeta llevó su mano derecha a la nuca (así como lo hacen los poetas), aspiro el aire fresco del bosque (con esa profundidad que aspiran los poetas cuando sus pensamientos son tan profundos como los latidos de su corazón.)

"En ella" -Dijo en medio de un largo y sincero suspiro (así como suelen ser los suspiros de un poeta).

-¿Te has enamorado?, ¿quién es ella?

 -Sí, estoy completamente enamorado. Pero no sé quién sea, lo que he pasado hoy no se compara con lo que ella pasa por mí, cada noche toma mis versos o prosas y me lee, y no le importa dejar de dormir a cambio de mis letras. Una mujer así, que me dedica sus noches y mañanas, que suspira con mis versos, merece todo, merece el mundo, merece el amor que yo le tengo. Merece más.

>>Si tan sólo ella supiera que todas esas cosas que ella lee y de las que tanto gusta; no las habría podido escribir sin su existencia, si supiera que la única razón por la que escribo es que ella me lea. Pero no lo sabe, y yo tengo que escribir aunque no lo haga, y ella me tiene que leer pensando que escribo para alguien más ¡qué cruel es el destino!, pero si en ocasión alguna te la encuentras, a ella: mi lectora. Hazme el favor de decirle que la amo.


jueves, 21 de abril de 2016

Del Olvido.


-Olvídate de mí -dijo ella, con el profundo café de sus ojos al borde de las lágrimas.

-¿Por qué quieres que te olvide? -pregunté yo, como ha de suponerse, mi desconcierto era grande.

-Lo mejor es que me olvides, la decisión está tomada.

Dudé un momento de lo que había escuchado, sus incoherencias jamás eran tan tontas, ella siempre se reservaba una pizca de cordura en cada tontería.

-¿Quién te crees tú para decidir por los dos, por ti y por mí, y por mi olvido, el olvido es mío, tengo más derecho yo a decidir sobre él.

-Cabrón -era tan linda insultando, ella siempre se reservaba una pizca de dulzura en cada una de sus injurias-. He dicho que me olvides, es lo mejor para ambos.

Y la olvidé.

Hace unos días la vi de nuevo (quiero suponer que era ella).

-¿Acaso me has olvidado?

-Ha de perdonar usted, señorita de faz presiosa e insomnio en la mirada; la memoria de éste pobre caballero, pero de haberle conocido, así es, yo ya la he olvidado.

-Quizás yo pueda ayudarte a recordar, yo soy aquella a quien jamás conociste, aquella a la que jamás le dedicaste prosas ni palabras de amor. Aquella joven que vive en el pasado, sin ansia alguna de conocer la vida en un futuro. La joven con la que nunca estuviste en ningún lugar y ya no recuerdas.

Yo estaba ahí, escuchando cada palabra de aquella, tan hermosa joven de faz presiosa e insomnio en la mirada, y ella, sabiendo que escuchaba, seguía su tan poético discurso:

-La que se olvido de sí misma y de ti (esto no lo dijo, pero se había olvidado más de sí misma que de mí, y aquí fue cuando comprendí, que ella y yo debíamos de estar juntos). Yo soy aquella por la cual jamás has de sentir nada. Porque he de lastimarte, te romperé y te dejaré el corazón -de seguir entero- hecho pedazos. Aquella... -perdió el aliento, realmente tenía mucho guardado en el pecho o en la mente o en la boca o en la lengua o dónde sea, pero debía sacarlo, y estaba ahí, y lo haría-.

Lo lamento, he olvidado el final de su discurso. 

Terminó ella de hablar, yo comence con mí respuesta, no importaba quién era, la había encontrado, nuestras vidas se cruzaban nuevamente, y no podía dejar que se escapará de mis manos.

-Joven, a la que no obstante me gustaría conocer, aquella a la que no he, pero podría dedicarle prosas y palabras. Tal vez no quiera hacer que olvide su pasado, pero pueda mostrarle lo lindo que puede llegar a ser (no tanto el futuro) el presente. Esa joven con la nunca he estado en ningún lugar conocido, con ella, todos por conocer, a la que ya no recuerdo, pero que en mi mente puede volver a nacer. 

 Ella estaba ahí, escuchando cada palabra de este, tan funesto joven de faz morena y suelos en la mirada (suelos, porque la mirada siempre indicaba una caída), y yo, sabiendo que escuchaba, seguía el (ahora mío) tan poético discurso:

-La joven que debe recordarse a sí misma, no tanto a mí, conmigo otra historia a de venir. Aquella joven que fue marcada por el destino para que jamás apreciase ni sintiera nada, pero véame aquí, desafiando al destino (sería sencillo si lo desafiara a mi lado). Aquella con la que me sentiría honrado salir lastimado. Aquella, -dije para concluir- con la que crearé un nuevo final. 

Ella penso un momento, se quedo ahí, inmóvil, podría juarar que en sus ojos podía reflejar sus pensamientos.

-Me mueven tus palabras y me desafían las letras. 

Ya lo había decidido, la joven que tenía frente a mí, la de la faz preciosa e imsonnio en la mirada, me tenía fasinado, imaginar las palabras en su mente, conocer cada una de sus letras, convinar está vida con literatura viva. No cabía duda, ella estaba hecha para mí.

>>Por favor basta, detente. Quizá a ti no importaría salir dañado. Pero ¿qué hay de mi? Quizás está historia me terminará de destrozar. Estoy hecha añicos. No quiero arrastrarlo aún infierno al que usted (la perdía, paso de hablar de tú a decir usted, ¿qué se hace en estos casos?) no ha de pertenecer. Por que más allá de lo que piensa estoy jodida de mil maneras...





-Tener el corazón roto es una buena señal, quiere decir: qué hubo algo -Respondí, eso lo había leído alguna vez en alguna parte, no en un libro, tenía una autora (estoy seguro de que es mujer), pero no de un libro, una red social, creo.)

-No lo sé... -esa fue su respuesta.

-Qué opinas, ¿quieres ayudarme a morir un poco más? -esa fue mi pregunta. 

-Quiero que seas feliz. No me permitiré lastimarte. 

-Pero, ¿qué es la felicidad, si no es con vos? 

-Felicidad... Por favor Alfonso (ella sabía mi nombre, creo que sí, alguna vez debimos conocernos en el pasado lejano, distante y remoto.), no quiero hacerte daño. No otra vez. He dañado a demasiadas personas. Y no quiero que seas una de ellas. He pedido tregua y redención. No puedo mantener un cariño que sea estable. 

-No necesito que lo hagas, pero quiero saber que me quieres (como estoy seguro que lo haces), quiero saber que soy importante para ti (como estoy seguro que lo soy), quiero saber que por esto que sientes por mí cuando me escuchas y cuando me piensas (por que estoy seguro que me piensa) lo vas a intentar para estar conmigo. 

-No quiero. No te quiero. No siento nada cuando te escucho. Detesto lo que me hablas. Aléjate ahora, antes de que sea tarde. 

-Eres tan linda cuando estás en negación. 

-No lo intentaré. Estoy cansada. No quiero intentar, no quiero llenarme de falsas esperanzas de algo que no sucederá. Deja de decirme esas cosas. Olvidate de esto. Quita esa idea de tu mente. Yo no soy para ti. Y tú no eres para mi. Por favor. Tú eres el único que podría entenderlo... Por favor... No quiero morir... No de nuevo...

La soledad en sus ojos, yo conocía esa desdicha, esa desesperanza me la había cruzado muchas veces antes, en un artefacto de brujería, espejo, le llamaban.

-Soy el único que lo entiende, y es por eso que soy el único hecho para ti, no morirás, no de nuevo, y serás como un Fénix, yo su llanto, he de llorar en ti, sanaré tus heridas y resurgirás de las cenizas, yo seré como el corazón de la tarde cuando todo acabe, y palpitaré tan lento como un bisonte en
agonía1, pero volveré a vivir, como tú lo harás también, como yo te ayudaré a hacerlo. 

-No, no lo harás. Ya lo han intentado. Me han prometido y dicho todo lo que cualquiera podría prometer y decir.. Por eso es que no lo haré. 

-No te han dicho lo que yo, sí quieres, terminarás por intentarlo, porque no importa lo arrogante que esto suene, jamás te habías encontrado a alguien como yo. No deberías negarte a algo que añoras con toda el alma. 

-No lo voy a intentar. 

-Estamos jodidos entonces. -Y lo estabamos, porque en ese momento entendí, que ella había vuelto a elegir por los dos, aún no sabía, de dónde le venía ese derecho, pero así había sido, y ya no podía hacer nada. 

Aquí, en este preciso punto donde estoy parado, estaba parado aquel día, aquí, en último sol de la última tarde, vi alejarse la silueta de aquella bella y hermosa joven de faz preciosa e insomnio en la mirada.

1 Alusión al poema el corazón de la tarde de Sinué Félix.





jueves, 7 de enero de 2016

Las Sombras de la Noche.

Esta es como cualquier otra noche, el cielo está estrellado, tu casa esta oscura, no hay más luz que la de la pequeña habitación en que ahora escribes, tu familia duerme, sólo tu estás despierto, vencido ante el envolvente frío de la noche, esperando el amanecer.

Son las dos treinta de la mañana, y por alguna razón te levantas, quieres tomar aire, quieres subir a la azotea y mirar el cielo estrellado de invierno. Abres la puerta para salir al patio, algo parecido a un espejismo pasa por tus ojos a la hora de salir, de hecho, tu no estás seguro de que no sea más que un espejismo.

Una silueta a cuatro patas, la vez como huyendo, tratando de escapar en silencio. Lo hace, en tu mente piensas otra vez que lo has soñado, que eso no pasó, pero aun así observas, desconcertado, confuso quizás por el viento, en la dirección por la cual se marchó aquella figura.

Los ojos de mirada extraña siguen mirando hacía la calle, con ellos, vuelves a ver una sombra atravesada en tus pupilas, piensas que probablemente sea la misma, aun sin saber si lo soñaste, si todo aquello que seguía pasando era o no parte de tu imaginación, miras, miras, mira, ¡miras!, todo el mundo te confunde. Hay algo en las madrugadas de invierno que hace que todo sea difuso, distante en ocasiones, te pierdes en tu pequeño mundo y ya no ves la realidad a veces. A estas horas ya no sabes si lo que está pasando está pasando o lo estás soñando.

De pronto entiendes lo que pasa, te pones alerta, miras como la sombra no es sombra sino bulto, bulto de humano apenas. Y estaba en tu patio cuando saliste, y seguramente no pensaba tocar la puerta de la entrada y pedir azúcar o café o decir que quería hablar de Dios, esas cosas se hacen en el día, ese animal -que probablemente lo sea, aun no estás del todo seguro en realidad-, se había metido a robar.

-Ya te vi pendejo -dices, y entonces el bulto se recorre hacía la barda para que no lo veas, y ahí lo sabes, es una persona, y además es idiota, porque se pudo haber ido sin más y nunca nadie habría sabido quien era, porque no lo habías reconocido.

Abres por fin la puerta que da a la calle y lo miras y le preguntas qué pasa.

Él se pone en dos piernas, sorprendentemente sabe ponerse en dos piernas, pero tú ya lo ves como un animal, porque así es, hay animales que se paran en dos piernas y carminar erguidos y conocen el dialecto de los hombres, se parecen mucho a los seres humanos pero no son más que mierda, tú aún así lo piensas como animal, intentando no ofender a ninguno con tu comparación.

Primero te pide perdón por haberte levantado, se disculpa por haber perturbado tu sueño, y después alega que su perro se le ha perdido. Le preguntas lo más educadamente posible que hace entrando a tu casa en lugar de buscarlo.

-Es que entró ahí- dice él.
-Entonces no está perdido -sentencias. Para después agregar-: Pero yo no lo vi, seguro que se habrá confundido, él no está aquí. Además sin importar el despertar a alguien, creo que hubiera sido prudente llamar a la puerta.
-No -comienza a decir-, yo lo vi como entro -seguro que lo vio, seguro que te chupas el dedo y que el invierno es la parte más caliente del año.
Pero lo entiendes, sabes que había tomado un camino sin retorno, que la única manera de que vuelva a casa es siguiendo el juego, hacer como que crees su mentira.
-Bueno, como he dicho antes debería de haber tocado, también sé que lo hará en la siguiente oportunidad, pero no he visto al perro, de verlo prometo echarlo a la calle para que se reencuentre con usted en la mañana, por ahora debería dormir.

En un último acto de cinismo te agradece, te dice que es verdad, que está cansado y que lo más conveniente será irse a dormir, que ya aparecerá el perro en la mañana.

Y se va, y la vida vuelve a bruma y a niebla, y cuando lo piensas te parece imposible tanto grado de cinismo. Pero estás cansado y decides que será mejor que también duermas un poco. Y vas a arroparte bajo el calor de las sábanas en tu cama y duermes. A la espera del amanecer.


Noche estrellada. Vincent van Gogh.



domingo, 19 de julio de 2015

Qué fácil es quererte en un insomnio

Eres el mundo que no tengo,
el café que me falta en las mañanas,
eres el número de mala suerte que jamás dejaré de pedir al comprar la lotería.
aquí te espero, amor, aquí te espero.

Ahora te quiero tanto que he comenzado a olvidarte.

El olvido me abandona en este
tipo de insomnios,
en estas noches eternas.
Te recuerdo, recuerdo cuánto te quiero,
y te quiero más todavía, como al principio,

En la mañana, cerca del alba y junto al ocaso,
recuerdo también nuestra separación;
el porque me extrañas desde dónde estés,

Una estrella se funde en el espacio,
mil pedazos vuelan en el universo infinito.
Ahora un astro,
un lobo corriendo hacía el bosque;
quiero café, galletas.

¿Cuántas preguntas mortales habrá de soportar el oído de Dios a diario?

No vengas,
tu café ya se ha enfriado,
lo preparé hace mucho,
cuando todavía te quería.
(Qué fácil es quererte -amor- en un insomnio,
tú no vienes, aunque te anhele).

No vengas, por favor,
miro la taza que es tuya, que lo será por siempre,
tu café está frío,
como frío está tu corazón.

Se asoma el alba,
no vengas porque te extraño,
porque te pienso recibir con los brazos abiertos.
Sufrir de nuevo.

Un café y te pienso,
Otro café y te olvido,

Te recuerdo, siempre.

jueves, 5 de febrero de 2015

Quisiera No Pensarte Más

Quisiera no pensarte más, no volver a saber que existes, ni llorar con tu recuerdo, con tu sonrisa, con tu mania de sonreir por cualquier cosa, quisiera no recordarte más, pero yo no recordarte, no saber que existes aunque existas, no quiero que dejes tu mania. Amo que la tengas, me dolería si la perdieras, y me dolería mucho, no, por supuesto que no quiero que la dejes, más bien quiero yo dejar la mía, y es que tengo la mania de recordarte a cualquier hora, a las cinco o seis, de la tarde o la mañana, eso no importa por que yo igual te recuerdo, lo que importa es que miro el reloj y son las tres y te recuerdo, y te recuerdo a ti, a ti y a tus ojos grises, y a tu amor que es mío pero no lo das, no lo das, sé que me quieres pero no lo dices, ¿qué mierda piensas que no lo dices?, yo te quiero y te lo digo, y te lo oculto a veces, en muy contadas ocasiones, pero sabes que te quiero cuando no lo digo, cuando la nostalgia me invade, y me invede tu recuerdo, cuando me invade tu recuerdo que es nostalgia, cuando me carcome desde dentro, desde las entrañas, esta maldita nostalgia que eres tú en mi memoria, esta nostalgia de recordarte. Y son las cuatro y te recuerdo, las siete y otra vez esta nostalgia. ¿Cuántas lágrimas he de llorar para irme a la chingada?, para saber que tu amor que es mío no me pertenece, para entender que estamos destinados a no ser aunque queramos, para mirar tu mano y no temblar, para poder recordarte, simplemente recordarte, sin llanto, sin sosiego, sin la más remota melancolía, para mirar tu foto y decir, pero decir sonriendo en tu recuerdo, sonriendo y sin gota alguna que asome desde el lagrimal: Qué hermosa utopía. Y sonreir más por saber que yo también soy tu utopía. Es emífero saber que así termina, en un par de proyectos imposibles.

Sé que mi destino es escribirte, te prometo que cuando al fin me vaya, lejos, muy lejos, tan lejos que tu aroma se sienta en mis fosas nasales y tus poros se abran al contacto de mi piel dormida. En una palabra, cuando por fin me vaya a la chingada, desde allá te escribiré, y te escribiré poemas tristes. Que triste es nuestra historia.
Qué triste es irme con todo el amor que tengo para ti, con todo el amor que no te doy, con todo el amor que jamás he de entregarte.

Doy gracias a Dios porque tú existes, porque me hayas roto el corazón, los poetas son poetas gracias al dolor, al sufrimiento, y yo siempre quise ser poeta, siempre quise tener inspiración, ahora, por ti mi alma duele y sufre, sólo me falta aprender a hacer belleza ese dolor, aprender a hacer metáforas con la mano de la muerte que me estruja el pecho cuando late y te recuerda; pero qué difícil es hacer metáforas con eso,  que clase de escritor he de ser si mi vida es tu muerte, ¡cómo late el pecho a las ocho en tu recuerdo!, tu recuerdo que me hace morir y renacer, qué maldita mierda esa ironía.

Pero tú no te preocupes, es evidente que eres demaciado linda para no romper uno o dos corazones en la vida, (tal vez más), uno es el mío, pero ya no importa, tu destino fue romper mi corazón.  ¿Qué puedes hacer frente al destino? No es tu culpa, ¿cómo podría serlo?, aun así debo intentar que no me duela.

lunes, 26 de enero de 2015

Sin Dejar De Sonreir

Trato de escribir en la oscuridad tu nombre. Trato de escribir que te amo. Trato de decir a oscuras esto. No quiero que nadie se entere, que nadie me mire a las tres de la mañana paseando de un lado a otro de la estancia, loco, lleno de ti, enamorado. Iluminado, ciego, lleno de ti, derramándote. Digo tu nombre con todo el silencio de la noche, lo grita mi corazón amordazado. Repito tu nombre, vuelvo a decirlo, lo digo incansablemente, y estoy seguro que habrá de amanecer.

 -Jaime Sabines. 

Quiero escribir en la oscuridad su nombre, quiero escribirle que la quiero, perdón por hablarle de usted pero la quiero, y hoy la quiero como tantas noches, como tantos días, así, como es y como soy, la quiero al escribirle a las tres con diez de la mañana, al pensar en usted a la misma hora, al pensar en usted a cualquier hora, en cualquier momento, la quiero al buscar algo en mi memoria y toparme con usted a cada instante.

Perdón que este despierto escribiendo para usted de madrugada, pero es cuando puedo quererla sin prisa, sin arrebatos, es cuando el mundo duerme y yo la puedo pensar tranquilo, cuando el tiempo se detiene para que yo piense en usted sin interrupciones, para que el café de sus ojos me provoque insomnio, para que susurre su nombre en silencio, y repita el susurro una y otra vez incansablemente, (porque yo pienso en usted incansablemente).

Desde hace dos noches está nublado, sólo se ve una estrella, y sé que detrás de esas nubes hay millones de estrellas, y sólo soy capaz de verla a ella.
Algo similar me pasa a mí, desde hace tiempo mi corazón está nublado, sólo se ve una niña, y sé que detrás de esas nubes hay millones de niñas, y sólo soy capaz de verla a usted, y sólo tengo ojos para usted.

Quisiera tenerla en frente e invitarle un café y que me responda:
-El café me pone ansiosa-.
Y entonces responder:
-A mí usted me pone ansioso-. Y con ello robarle una sonrisa, y guardarla en mi memoria para siempre.

Quisiera mirarla a los ojos y sonreír, y que usted también sonría, con su sonrisa que bien podría matarme de un suspiro, y así, sonriendo, pedirle que sea  mi novia, y que usted, sin dejar de sonreír, diga que sí.