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domingo, 26 de enero de 2020

De la vida insoportable I

A veces la vida parece insoportable. Puedes despertar un martes por la tarde, salir a la cocina y preparar algo para almorzar.
Se hace tarde, con tu padre de todas formas a cada día se hace tarde. Hoy más tarde de lo acostumbrado, vas a la sala de estar y no está ahí, no se encuentra en el mismo sillón donde se encuentra cada mañana. No está tomando café, no está completamente listo, taciturno, esperando a que te desesperes un poco y le pidas que te lleve, cuando él sabe perfectamente a qué hora deberían salir.
Es extraño. Noche había llegado tarde, muy tarde, la madrugada entrada y la luna llena a mitad del cielo.
Tal vez se quedó dormido, está cansado piensas. Vas a su cuarto.
Es tarde, es tarde para muchas cosas, pera salir a caminar, para subir las notas de cuando ibas en el kinder, para la vida. Tu papá está en alcoba, ves a tu padre con su expresión circunspecta de siempre. No está dormido, está colgando, tu padre se ha suicidado...

sábado, 24 de diciembre de 2016

¿Qué deseas para navidad?

-¿Qué deseas para navidad?
El padre de Josué se lo preguntó hace tiempo. En un principio, él pensó que era broma, nunca, en ninguna navidad había recibido nada (material, al menos) de parte de sus padres. Es que eran muy pobres. Josué había pasado toda su vida siendo uno de eso niños y jóvenes ejemplares, de esos que sólo se pueden escuchar en los cuentos infantiles o en los sermones de una madre o un padre regañando a su retoño. Josué era así.

***

Despertó la mañana del 25 yaciente en aquella cama
-¿Qué pasó? -preguntó, como reflejo, en realidad no sabía ni dónde estaba ni si había alguien con él para escuchar sus preguntas. Más aún, para darle respuestas. No hubo una. Trató de levantarse para mirar a su alrededor, el cuál no dejaba de dar vueltas, el cuerpo le dolía intensamente, y el cansancio no le permitió intentar de nuevo, se quedó dormido.

***

Joan era un buen hombre, Josué pasó gran parte de su vida con él, le había aprendido mucho de lo que él mismo era, y había muerto la mañana del 24, pero claro que Josué no lo sabía, sus padres habían decidido sería mejor contarselo después de navidad, para que la pasara bien, para que viviera feliz ese día.

***

-Un carro. Eso es lo que deseo.
Terminó por responder, siempre había sido bueno, y si bien, sus padres nunca le daban nada, su padre jamás había preguntado eso, y los últimos meses le había ido bien.
-No debe ser uno lugoso y nuevo, uno usado está bien. -agregó. Su padre sonrío. -Nunca les he pedido nada -continuó, como si eso fuese a hacer la diferencia -creo que me lo he ganado -y así era, Josué trabajaba y daba todo lo que el ganaba a su madre para los gastos de la casa.
-Haré lo que pueda -dijo su padre.

***

Despertó el 25 a mediodía, su padre estaba junto a él, y las paredes blancas en torno suyo daban un aspecto de tristeza, soledad, lo hacía vacío, sin nada junto a él, sólo su padre. Por un momento sonrió, miró a su padre y pensó que no necesitaba más, y ese sentimiento fue sublime, aunque fugaz, un hombre negro de palo cano y barba de candado (también canisa y blanca) les miraba, en silencio.
-¿Dónde estamos? -preguntó Josué tratando de levantarse, su padre lo detuvo con un movimiento de mano, y le dijo que en el hospital, Josué había tenido un accidente.
-Les daré un momento -el hombre de cabello blanco salió por la puerta.
-¿Quién es él?
-El doctor.

***

Cuando supieron la noticia los padres de Josué salieron, ve a una fiesta está noche, no volveremos hoy. le habían dicho a Josué, y le dieron mil pesos ese día. Josué, sin nada en la mente en ese momento, iría a una fiesta esa noche.
Los padres de Josué pasaron al banco, y retiraron cerca de cincuenta mil pesos, guardados para comprarle su carro esa tarde, pero no lo usaron para ello, fueron destinados para la ceremonia fúnebre. No había nada más, Josué no tendría auto esa noche.

-Joan quiere que le regalen su carro a Josué.
Salió el padre lo más rápido que pudo a llevar aquel regalo a casa con su hijo, pero a mitad del camino, de la nada un joven atravezó, padre no pudo esquivarlo. En un parquecito en la esquina de esa calle, un hombre del piel obscura observó la escena, y se fue. 

***

-¿Qué haras está noche? -preguntó la voz del otro lado de la línea.
-No sé -dijo Josué.
-Entonces ven a mi casa.

Y fue. La música sonaba fuerte y era su primer fiesta de esa índole, se preguntaba como es que las familias de todos esos jóvenes les permitían estar fuera de casa en navidad. ¿Una cerveza? una voz femenina, Josué no bebe, pero al mirar a esa hermosa mulata de pel morena y faz celestial no pudo más que aceptar.

Un par de cervezas y ya estaban fornicando en el patio de atrás. No duró mucho, era la primera vez de Josué, veinte minutos a lo mucho, ah, pero como lo había difrutado, no era de esas mujeres con las que quieres pasar el resto de tu vida, eso incluso Josué lo entendía, esa mujer le había dado el mayor placer de su vida, pero era de esas mujeres que se la pasan de fiesta en fiesta cogiendo con cualquier chico lindo, era de esas mujeres con las quieres coger muchas veces sin compromiso alguno, con la que quieres llegar al punto más alto del erotismo y claro llegar a quererle, pero siempre sabiendo que ha de terminar. Nunca olvidaría sus anchas caderas, o sus redondas nalgas cuando su pene entró en el ano de aquella mujer, o el contacto de sus labios en su miembro, pero no era amor. Nunca sentiría amor por una mujer que se deja follar en el primer encuentro. 
No le desagrado el sabor de la cerveza, continuó bebiendo esa noche. Esa era su noche, la primera vez que conocía lo pagano y le gustaba. Y debía difrutarlo.

***
-Tengo noticias. -Hubo silencio. Por el tono de su padre, Josué supo que no le gustarían. -Tu carro está en la casa, te lo ha regalado tu tío... -otro silencio-, él murió. 
Al muchacho se le destrozó el corazón.

***

A la madrugada, después de volver a coger con la morena, Josué salió del lugar, apenas y podía caminar, estaba tan ebrio, era la mejor noche de su vida, nada podría salir mal, esa noche era invecible. No había nada que pudiera tocarlo.
Deberías esperar un momento, escucho cuando pasó por el parque, pero siguió caminando, puto negro -pensó.
Un momento después, su padre lo había atropellado.

***

-Cuando te recuperes, te enseñaré a conducir -dijo su padre cuando se hubo calmado.
El hombre de piel obscura entró en el cuarto, feliz navidad, dijo con su mano en el hombro del muchacho. Era el hombre del parque. Salió dando paso a la enfermera. Hicieron estudios.

***

Semanas después llamaron a su puerta... 
La mulata estaba embarazada.

***

Los estudios lo dictaron. Estaba lisiado...
Jamás podría conducir...

jueves, 13 de octubre de 2016

Teorema de colores y tú como coleres de mi alma.


Mi alma gris habitaba en este pecho lleno de tinieblas.
Pero cuando te encontré,
oh, amada mía,
en este cruel sendero que es la vida.

Tu faz iluminada sólo con el resplandor de tu mirar,
tú, mujer ahora, mujer por siempre, por siempre mía;
has desvanecido la penumbra de mi ser con solamente una mirada.

Oh, amada mía.
¿Cómo hacer para agradecerte el salir de este infierno de mi comodidad sin ti?
Has tomado mi esencia y le has dado vida a mi alma,
color a lo obscuro,
muerte  a la pesadez del bienestar profano.


miércoles, 3 de agosto de 2016

De un poeta jodido.

-Estoy completamente jodido -dijo el poeta.

-¿Lo estás? -Preguntó su amigo, el filósofo.

-Sí, lo descubrí esta madrugada, no he dormido nada, he pasado un insomnio lleno de suspiros pensando -(así, como suelen pasar los insomnios de un poeta).

-¿En qué pensabas? -Preguntó el filósofo, pero sin la menor duda de cuál sería la resuesta, pues era obvio para él, así como es obvio para ti que ahora lo lees: el poeta estaba enamorado.

El poeta llevó su mano derecha a la nuca (así como lo hacen los poetas), aspiro el aire fresco del bosque (con esa profundidad que aspiran los poetas cuando sus pensamientos son tan profundos como los latidos de su corazón.)

"En ella" -Dijo en medio de un largo y sincero suspiro (así como suelen ser los suspiros de un poeta).

-¿Te has enamorado?, ¿quién es ella?

 -Sí, estoy completamente enamorado. Pero no sé quién sea, lo que he pasado hoy no se compara con lo que ella pasa por mí, cada noche toma mis versos o prosas y me lee, y no le importa dejar de dormir a cambio de mis letras. Una mujer así, que me dedica sus noches y mañanas, que suspira con mis versos, merece todo, merece el mundo, merece el amor que yo le tengo. Merece más.

>>Si tan sólo ella supiera que todas esas cosas que ella lee y de las que tanto gusta; no las habría podido escribir sin su existencia, si supiera que la única razón por la que escribo es que ella me lea. Pero no lo sabe, y yo tengo que escribir aunque no lo haga, y ella me tiene que leer pensando que escribo para alguien más ¡qué cruel es el destino!, pero si en ocasión alguna te la encuentras, a ella: mi lectora. Hazme el favor de decirle que la amo.


jueves, 21 de abril de 2016

Del Olvido.


-Olvídate de mí -dijo ella, con el profundo café de sus ojos al borde de las lágrimas.

-¿Por qué quieres que te olvide? -pregunté yo, como ha de suponerse, mi desconcierto era grande.

-Lo mejor es que me olvides, la decisión está tomada.

Dudé un momento de lo que había escuchado, sus incoherencias jamás eran tan tontas, ella siempre se reservaba una pizca de cordura en cada tontería.

-¿Quién te crees tú para decidir por los dos, por ti y por mí, y por mi olvido, el olvido es mío, tengo más derecho yo a decidir sobre él.

-Cabrón -era tan linda insultando, ella siempre se reservaba una pizca de dulzura en cada una de sus injurias-. He dicho que me olvides, es lo mejor para ambos.

Y la olvidé.

Hace unos días la vi de nuevo (quiero suponer que era ella).

-¿Acaso me has olvidado?

-Ha de perdonar usted, señorita de faz presiosa e insomnio en la mirada; la memoria de éste pobre caballero, pero de haberle conocido, así es, yo ya la he olvidado.

-Quizás yo pueda ayudarte a recordar, yo soy aquella a quien jamás conociste, aquella a la que jamás le dedicaste prosas ni palabras de amor. Aquella joven que vive en el pasado, sin ansia alguna de conocer la vida en un futuro. La joven con la que nunca estuviste en ningún lugar y ya no recuerdas.

Yo estaba ahí, escuchando cada palabra de aquella, tan hermosa joven de faz presiosa e insomnio en la mirada, y ella, sabiendo que escuchaba, seguía su tan poético discurso:

-La que se olvido de sí misma y de ti (esto no lo dijo, pero se había olvidado más de sí misma que de mí, y aquí fue cuando comprendí, que ella y yo debíamos de estar juntos). Yo soy aquella por la cual jamás has de sentir nada. Porque he de lastimarte, te romperé y te dejaré el corazón -de seguir entero- hecho pedazos. Aquella... -perdió el aliento, realmente tenía mucho guardado en el pecho o en la mente o en la boca o en la lengua o dónde sea, pero debía sacarlo, y estaba ahí, y lo haría-.

Lo lamento, he olvidado el final de su discurso. 

Terminó ella de hablar, yo comence con mí respuesta, no importaba quién era, la había encontrado, nuestras vidas se cruzaban nuevamente, y no podía dejar que se escapará de mis manos.

-Joven, a la que no obstante me gustaría conocer, aquella a la que no he, pero podría dedicarle prosas y palabras. Tal vez no quiera hacer que olvide su pasado, pero pueda mostrarle lo lindo que puede llegar a ser (no tanto el futuro) el presente. Esa joven con la nunca he estado en ningún lugar conocido, con ella, todos por conocer, a la que ya no recuerdo, pero que en mi mente puede volver a nacer. 

 Ella estaba ahí, escuchando cada palabra de este, tan funesto joven de faz morena y suelos en la mirada (suelos, porque la mirada siempre indicaba una caída), y yo, sabiendo que escuchaba, seguía el (ahora mío) tan poético discurso:

-La joven que debe recordarse a sí misma, no tanto a mí, conmigo otra historia a de venir. Aquella joven que fue marcada por el destino para que jamás apreciase ni sintiera nada, pero véame aquí, desafiando al destino (sería sencillo si lo desafiara a mi lado). Aquella con la que me sentiría honrado salir lastimado. Aquella, -dije para concluir- con la que crearé un nuevo final. 

Ella penso un momento, se quedo ahí, inmóvil, podría juarar que en sus ojos podía reflejar sus pensamientos.

-Me mueven tus palabras y me desafían las letras. 

Ya lo había decidido, la joven que tenía frente a mí, la de la faz preciosa e imsonnio en la mirada, me tenía fasinado, imaginar las palabras en su mente, conocer cada una de sus letras, convinar está vida con literatura viva. No cabía duda, ella estaba hecha para mí.

>>Por favor basta, detente. Quizá a ti no importaría salir dañado. Pero ¿qué hay de mi? Quizás está historia me terminará de destrozar. Estoy hecha añicos. No quiero arrastrarlo aún infierno al que usted (la perdía, paso de hablar de tú a decir usted, ¿qué se hace en estos casos?) no ha de pertenecer. Por que más allá de lo que piensa estoy jodida de mil maneras...





-Tener el corazón roto es una buena señal, quiere decir: qué hubo algo -Respondí, eso lo había leído alguna vez en alguna parte, no en un libro, tenía una autora (estoy seguro de que es mujer), pero no de un libro, una red social, creo.)

-No lo sé... -esa fue su respuesta.

-Qué opinas, ¿quieres ayudarme a morir un poco más? -esa fue mi pregunta. 

-Quiero que seas feliz. No me permitiré lastimarte. 

-Pero, ¿qué es la felicidad, si no es con vos? 

-Felicidad... Por favor Alfonso (ella sabía mi nombre, creo que sí, alguna vez debimos conocernos en el pasado lejano, distante y remoto.), no quiero hacerte daño. No otra vez. He dañado a demasiadas personas. Y no quiero que seas una de ellas. He pedido tregua y redención. No puedo mantener un cariño que sea estable. 

-No necesito que lo hagas, pero quiero saber que me quieres (como estoy seguro que lo haces), quiero saber que soy importante para ti (como estoy seguro que lo soy), quiero saber que por esto que sientes por mí cuando me escuchas y cuando me piensas (por que estoy seguro que me piensa) lo vas a intentar para estar conmigo. 

-No quiero. No te quiero. No siento nada cuando te escucho. Detesto lo que me hablas. Aléjate ahora, antes de que sea tarde. 

-Eres tan linda cuando estás en negación. 

-No lo intentaré. Estoy cansada. No quiero intentar, no quiero llenarme de falsas esperanzas de algo que no sucederá. Deja de decirme esas cosas. Olvidate de esto. Quita esa idea de tu mente. Yo no soy para ti. Y tú no eres para mi. Por favor. Tú eres el único que podría entenderlo... Por favor... No quiero morir... No de nuevo...

La soledad en sus ojos, yo conocía esa desdicha, esa desesperanza me la había cruzado muchas veces antes, en un artefacto de brujería, espejo, le llamaban.

-Soy el único que lo entiende, y es por eso que soy el único hecho para ti, no morirás, no de nuevo, y serás como un Fénix, yo su llanto, he de llorar en ti, sanaré tus heridas y resurgirás de las cenizas, yo seré como el corazón de la tarde cuando todo acabe, y palpitaré tan lento como un bisonte en
agonía1, pero volveré a vivir, como tú lo harás también, como yo te ayudaré a hacerlo. 

-No, no lo harás. Ya lo han intentado. Me han prometido y dicho todo lo que cualquiera podría prometer y decir.. Por eso es que no lo haré. 

-No te han dicho lo que yo, sí quieres, terminarás por intentarlo, porque no importa lo arrogante que esto suene, jamás te habías encontrado a alguien como yo. No deberías negarte a algo que añoras con toda el alma. 

-No lo voy a intentar. 

-Estamos jodidos entonces. -Y lo estabamos, porque en ese momento entendí, que ella había vuelto a elegir por los dos, aún no sabía, de dónde le venía ese derecho, pero así había sido, y ya no podía hacer nada. 

Aquí, en este preciso punto donde estoy parado, estaba parado aquel día, aquí, en último sol de la última tarde, vi alejarse la silueta de aquella bella y hermosa joven de faz preciosa e insomnio en la mirada.

1 Alusión al poema el corazón de la tarde de Sinué Félix.





jueves, 30 de julio de 2015

El Águila Sangrienta



Después de esto yo sabía lo que venía, los dioses, jamás me atrevería a ofender a los dioses.
Yo no sé porque pronuncié aquello. No elegí las palabras… sólo… las dije.
Como si los dioses las hubiesen elegido para mí y mi destino. Ahora no me queda más que aceptarlo como buen guerrero. Como todo aquel que merece la gloria, porque el castigo que me sobreviene muchos lo ven como una tortura, pero yo lo veo como una verdadera oportunidad de mostrar la fuerza de mi alma. No los voy a engañar, preferiría mil veces no tener que pasar por esto, pero ahora está escrito, fue escrito con la única tinta que es imposible borrar: la tinta de los dioses.

Una botella de cerveza de rompe en mi cabeza, me desangra un poco, podría voltear y luchar con el maldito que lo hizo, pero sé que sólo fue un aviso, ahora tenía que bajar la cabeza y esperar mi apresamiento.
Llegamos al calabozo, unas cadenas comienzan a atraparme de manos y pies, mientras yo miro en silencio (no puedo hacer más, podría, después de todo soy el guerrero más fuerte de toda la raza vikinga en este reino, pero no, porque mis palabras, que a menudo son peor que las acciones –porque las palabras pueden dejar heridas de por vida, traumas verdaderamente grandes, fueron las causantes de todo esto).
Estoy preso, la puerta comienza a cerrarse lentamente, apuesto a que lo hacen a propósito, cerrar la puesta lentamente para que a cada centímetro anhele más y más mi libertad, y precisamente porque la anhelo no he de escapar, porque la libertad está en el alma, y mi alma no la tiene, la única forma de recuperarla será haciendo frente a aquello que me he ganado.
Los días pasan lentamente, uno, dos, tres, otra vez tres, maldita sea este día no sé acaba… cuatro, cuatro, cada día es más largo que el anterior…
Por fin, éste es mi séptimo día, no he comido, lo he soportado, no he hablado con nadie, está prohibido, debemos permanecer callados durante el encierro, después de todo no ha sido tan malo, durante esta semana he hablado conmigo mismo, me he conocido más incluso de lo que pude conocerme en toda mi vida. Cuando todo esto  inicio yo ya había decidido recibir mi castigo, pero tenía duda, me preguntaba porque los dioses habían elegido esto para mí, y si eran capaces de mandarme a lo que va a pasar mañana (porque lo de mañana a esta hora es la peor de todas las torturas que se practiquen este mundo. Pero vale la pena por toda la gloria del mundo que está por venir).

Escucho unos pasos, afuera, alguien viene, entra. Es una cara conocida, pone junto a mí el cráneo de algún difunto que murió con la misma tortura que me espera y que ahora solo están sus huesos. Yo sé que ahí están las llaves las cadenas que tengo apresándome manos y pies y de la puerta, ésta es la parte más difícil de todo, cuando sabes todo el dolor que te espera y tienes la llave al alcance de tu mano, durante veinticuatro horas, que el reloj de arena que colocó en suelo hace cinco segundos ha comenzado a contar, cuando sabes que probablemente no podrás superar lo que está preparado para ti más allá de ese lapso.

-Lamento que pases por esto –comenzó a hablar-, el tío Floki me ha hablado del castigo, sé que no puedes hablar conmigo, y que mañana no puedes gritar, que si lo haces no podrás entrar en el Valhalla, tampoco lo harás si me hablas hoy o si hubieses comido cualquier cosa antes de ahora desde que fuiste apresado. Pero eso no me prohibe hablarte a mí. Tampoco te prohibe escuchar. He pedido a los custodios un par de minutos contigo, los convencí, con el argumento de que si te hacía hablar jamás conocerías la gloria del Valhalla.
>>Prometo que voy a cuidar de mamá. Prometo también que en cada batalla y cada muerto que ose profanar el pueblo de los dioses que somos nosotros lo será en tu nombre, ahora que no estás yo soy el guerrero más imponente de estos tiempos, el más respetado.
>>Todo el respeto que yo reciba será gracias a ti. Y también será en vuestro honor –mi hijo se fue, yo me quedé aquí. Con las lágrimas rodándome por las mejillas.

El ejército con el que combatí tan épicas y memorables batallas entró por la puerta que minutos antes, marcaba la marcha de mi hijo. Trajo consigo un banquete digno del más poderoso rey, tal y como dicta la tradición ellos se marcaron, y yo comí y bebí asta hartarme y más todavía; al grado de quedarme dormido con un pedazo de pavo en la boca abierta.

Dormí demasiado, más de medio día, el reloj de arena se ha consumido, pensé que anoche tendría insomnio por lo que pasará, según mis cálculos hechos al ver la arena del reloj, en ocho horas.
Ahora las horas se consumen aun más lentamente que los días. Pueden ustedes hacer sus propias cuantas, cada segundo es una eternidad, pero el tiempo no es directamente proporcional, en un minuto caben cien eternidades y en una hora infinidad de infinitos, porque cada  grano de arena es un mundo que pasa afuera y yo me quedo aquí.

Falta una hora, todo mi cuerpo ha comenzado a temblar, creo que debo ir quitándome estas cadenas, porque si espero más estaré temblando tanto que no podré insertar la llave en donde va.

Mis nervios crecen cada vez más, el reloj se consume se consume cada vez menos. Mis rodillas tiemblan, mi corazón hace lo mismo, mi alma jamás estuvo tan excitada y  asustada al mismo tiempo, tengo tanta valentía y determinación dentro de mí que no puedo dejar de temblar ni por un segundo, o mejor dicho, ni por una eternidad.

El último grano de arena cae del reloj, ahora ya no sé lo que es peor, la agonía y la desesperación que me traía toda esa intriga del por venir y esperar que el lapso se cumpliera, o eso, precisamente que se cumpliera.

La llave comienza a girar, he comenzado a empujar la puerta, creo que ella también está temblando. Doy unos pasos, frente a mí hay dos caminos: el que debo seguir, y el de escapar. No he mentir, por una eternidad la idea de tomar el segundo camino se vio bastante tentadora, lo juro, estuve a punto de seguir aquella senda.
Pero no, en lo más profundo de mí sabía lo que debía hacer, así que cerré los ojos y di mi último suplico a los dioses, les supliqué me dieran el valor y la fuerza necesaria para soportar lo que venía, y les supliqué por mi familia. Cuando abrí los ojos lo hice con una decisión increíble, y emprendí la marcha a esta habitación en que ahora espero de rodillas mi castigo.

Cuando entre, toda la gente tenía actitud solemne, ceremonial. Muchos me miraban con verdadero pesar en los ojos. Frente al lugar donde habría de arrodillarme en unos momentos, se encontraba mi hijo y mi mujer, una mirada a mi hijo bastó para encargarle mucho a su madre, en cuestión de un segundo –esta vez un segundo y no una eternidad-, ya la tenía abrazada en su regazo.

Ella tenía la mirada llena de tristeza, me pregunto cuántos pedazos de corazón tendría en el pecho, cuántas veces se le habría roto el corazón esta semana, un pensamiento tomo parte de mí y me arrebato una o dos lágrimas: todo el dolor que ella sentía había sido a causa mía, y todas las veces que su corazón se fragmentará esta noche y las siguientes al recordar serían mi culpa.

Ahora estoy aquí arrodillado. El verdugo se arrodilla frente a mí y comienza a levantar los brazos, yo lo imitó como un espejo. Mis muñecas se introducen en los ganchos colgantes que están destinados a soportarlas y mantenerme en posición de cruz desde ahora y hasta mi muerte. Se levanta y va hacía mi espalda, mi familia queda frente a mí, ver sufrir a mi mujer me duele más que todo lo que me ha pasado. El filo de un cuchillo traspasa mi espalda, comienza a correr lentamente desde lo alto de mi espalda por todo lo largo de mi columna vertebral, gira hacía el lado izquierdo y se hace un cuadrado casi perfecto al llegar a la parte más lejana del centro de mi cuerpo. Tengo todo el torso lleno de sangre, y el mismo cuchillo comienza a rasgar mi piel simétricamente del lado derecho. Las lágrimas no dejan de brotar en el rostro de mi amada, mi alma no puede dejar de lamentarse al verla llena de dolor. Pero su dolor no opaca al mío, toda la sangre que corre desde mi espalda forma un charco en el suelo alrededor de mí.

Vamos, tú puedes, si soportas esto valdrá la pena –mi oído escuchaba el susurro del verdugo.- Ahora tomaré el hacha, lo siento, hazte el favor de no gritar, lo que viene es horrible.

Así eran las ceremonias, sabíamos que los únicos capaces de juzgar eran los dioses, y como buen verdugo, me daba palabras de aliento de vez en cuando, me decía todo lo que yo ya sabía, pero en momentos así, siempre es bueno saber que se cuenta con alguien que está ahí para apoyarte. Y él estaba ahí para mí.

El hacha está afilada, duele, he comenzado a sudar y eso arde intensamente en mis llagas, con el hacha, el verdugo a terminado de arrancar la piel de mi espalda, con su mano a tomado una de mis costillas, el charco de sangre ya le ha empapado los pies, el hacha rompe mi costilla, me retuerzo, estoy a punto de gritar, he abierto la boca pero no saco sonido alguno. Un líquido rojo mana de mi boca, no me permito estornudar, pero gota a gota cae la sangre que me acosa. El toma mi mano y vuelve a susurrar <<vamos, sé que puedes>>, después me rodea y de nuevo se arrodilla frente a mí. Pasan unos segundos, que nuevo pasan con la lentitud de la eternidad, respiró profundo, la espalda me duele, me duele mucho, no he dejado de ver a mi mujer, no pasa un segundo (ya sea normal o eterno) en que no sufra, me duele también el corazón, si hay algo que deseaba en la vida más que ser un buen guerrero y honrar mi vida y a los dioses, era jamás hacerla sufrir a ella. Y ahora está sufriendo.

Abro los ojos, que los había cerrado para sufrir en paz, porque siempre se sufre mejor con los ojos cerrados. Y apruebo con ligero movimiento de cabeza, mi verdugo de pone de pie y va a continuar con su labor. Repite el procedimiento con cada una de mis costillas.

Una vez que terminó, introdujo su mano en los agujeros de mi espalda y tomó un pulmón, sin cortarlo de mis vías respiratorias, lo sacó, y dejó suspendido en el aire, solamente sostenido por mis órganos internos. Con el otro pulmón hizo lo mismo. Mi mujer se desmayó.

Perdón –susurré.

En mis llagas echaron sal. Ardían de la manera más brutal que pude arder cualquier cosa en este mundo. El dolor era brutal.

No he gritado, creo que estoy a punto de morir…

viernes, 24 de julio de 2015

De como muere una maldita bruja



Trato, trato pero no es posible poder lo que deseo.
Y todo lo que quiero está aquí:
En esto que no puedo conseguir, es como si la vida me mostrara lo perfecto que puede llegar a ser el universo solamente para burlarse de mi ineptitud de conseguir lo que deseo.
Adiós al mundo que deseo, hola bendito universo inalcanzable, planeo pasar está y muchas más noches en vela pensando en vos, usted mi infinito inalcanzable.

Tengo tantas ganas de ser incinerado, Que un maldito caza brujas llegue y diga, <<usted es una maldita bruja>>, y que su estúpida horda de idiotas enfurecidos o desgraciados reprimidos que sólo buscan una escusa para ver el sufrimiento de alguien que no sean ellos, (porque les divierte ver sufrir a otros, pero les asusta saber que no pueden escapar del sufrimiento propio, que incluso en sus momentos más felices su corazón y alma están allí, dentro le lo que son ellos, y sufren, el sufrimiento ajeno los consuela, les hace ver que ellos no son los únicos que sufren, que todas la personas sufren, -y de todas las personas que sufrimos, las que disfrutan el dolor ajenos son las únicas idiotas-) me tome por la fuerza (con una rudeza innecesaria si se toma en cuenta que no opondré resistencia), y me encadenen de manos y piernas, y que falta de esas prisiones de la edad media en que a los prisioneros a corto plazo debían meter cabeza y manos en un tallado de madera que los inmovilizara con el torso doblado en un ángulo cercano a los noventa grados, estoy casi seguro que sesenta y tres; un hombre increíblemente fuerte marche conmigo tomandome del cuello hasta donde la muchedumbre se dirige lentamente hacía el lugar de mi muerte, nadie habla, probablemente creen que si lo hacen y me entero a donde vamos y donde voy a morir puedo planear una forma de usar mi magia negra y escapar y matarlos y todos y cada uno por interferir en mi vida llena de maldad, y aquellos que tienen familia creen que me vengaré con ellos y toda su desendencia y los dejaré con vida sólo con el objetivo de que sufran viendo degradarse lentamente cada uno de sus seres queridos (tontos, las personas suelen hacer eso sin necesidad de ningún tipo de magia negra o de ningún color, las personas que suelen tener el corazón hecho pedazos y no han sido lo bastante inteligentes para reponerse la mierda que lo ocasionó, las que han desidido convertirse en esa mierda para las demás personas, las personas que son felices, las que no tienen la culpa de nada, como yo, que jamás les he hecho nada), lo peor de todo este asunto es que es ridículamente obvio que vamos al parque, y que me van a quemar en el árbol central.

Y como lo predije, llegamos, me atan al árbol y comienzan a cantar lúgubres canticos antiguos relacionados con la muerte del maligno mientras el dichoso caza brujas derrama gasolina en mi cuerpo inerte, inerte como mi alma que ya no lucha ni se resiste a la muerte, inertes porque ya están cansados de luchar, llevan toda una maldita vida luchando y merecen un descanso.

Después de unas palabras (que por cierto a nadie le interesan, fuera de el todos vinieron solamente para verme arder), por fin, el caza brujas me enciende fuego; lanzo un grito gutural que por un momento me hizo pensar que tal vez tenía razón aquel sujeto y había algo de aterrador en éste ser. Me dolía el cuerpo, que ardía lentamente, me hubiese gustado que sólo se prendiera mi cuerpo, pero mi alma también se incendio, en un momento dado mi cuerpo deja de sentir dolor, (han sentido lo que es quemarse, quemar su cuerpo entero en el peor dolor que pueden imaginar multiplicado por cien), me sentí tan desgraciado cuando esto ocurre, por que el dolor que mi cuerpo ya no siente se desvanece sólo dar paso a las emociones y sufrimientos que se encuentran aquí, en mi interior, en mi alma, mi mente y mi corazón.

El dolor de incendio interno es el que te quemen entero en la hoguera, es el mismo, sólo que infinitamente peor.

jueves, 16 de julio de 2015

Que Ella Juzgue Si Fue Un Error

Estaba de pie en la entrada de ese lugar, indecisa de si entrar o no, ella tenía un helado en la mano y un sueño en el corazón (un sueño del que hablaré después, puesto que esta es otra historia). un joven, distraído, con un libro en la mano la empujó, su helado callo, él levantó la vista y la miró, y ella lo miró a él, “perdón” balbució, más para sí que para ser escuchado, o más bien como una palabra que sus labios pronunciaban automáticamente cada que pasaba algo similar, sin siquiera saber que lo había pronunciado, puesto que se había perdido en la mirada de aquella linda muchacha con el vestido lleno de helado.
-Perdón –repitió, esta vez consiente de sí mismo-, te invito un café.
Ella asintió y ambos entraron a ese lugar que ella quería pero no se había decidido quién sabe por qué.

Después de una risas y un amor a primera vista (porque nuestra linda muchachita también se perdió en la mirada de aquel joven), de un café y de risas, del amor meramente fugaz de un solo día, del que nunca, ninguno de los dos, se iban a olvidar, ella volvió a casa y él también. Sólo que cada quien se fue a su casa y no juntos a seguir con lo que comenzaron.

Después de ese día se conocían relativamente bien, se conocían de maravilla, se contaron sus manías, incluyendo la manía que tienen de confiar en las personas demasiado pronto y demasiado pronto confiaron el uno en el otro, (no digo que fuera un error, pero eso a mí no me toca juzgarlo sino a ellos), platicaron de cómo a él le daban miedo los payasos y ella los maniquíes, que temía ir de compras porque pensaba que al desnudar un maniquí para probarse el vestido que éste tenía puesto porque le había gustado despertara, saliera de ese sueño eterno que tienen los objetos que nosotros creemos inanimados, (aunque para ella, no hay nada más animado que un objeto que duerme y sueña y sueña dormido), y con los ojos completamente rojos y llenos de ira, y una rabia incapaz de controlar le saltara encima y la golpeara salvajemente hasta, ahora si, ella quedara inanimada.

Un espejismo aún sigue en su memoria (memoria que no deja de recordar aquel joven que le tiró el helado a cambio de conocerlo), ella se enamoró de aquel personaje con afición a la música de rock y al café cargado.

Y su memoria lo sigue pensado…
     Pensando…
                        Pensando…
                                            Pensando…

Y lo piensa hasta morir, y ya nunca más lo vuelve a ver, y murió por quererlo y conocerlo un solo día. Y lo quiso por confiar en él cuando lo conoció y demasiado pronto.


Que ella juzgue si fue un error.

martes, 30 de junio de 2015

De Cuando Te Hablé Por Primera Vez.

Amo tu sonrisa.
Amo la sonrisa que tu rostro tenía la primera vez que yo te conocí, aquella vez que no me animé a hablarte, en aquella ocasión es que no me acerqué a ti y no te dije nada de lo quería decir. Que no me atreví a decir nada de lo quería decir.

O aquella sonrisa de la primera vez que (por fin) te hablé.
Te veías triste, estabas sola, estabas sola y te vías triste (sin mencionar lo emíferamente bonita que te miras siempre) y estabas sola y triste y sola y suspiré, y suspiré y cerré los ojos y respiré profundo y hondo y me armé de valor y me acerqué a ti, esperanzado de no acobardarme al último momento, aunque lo hice. Me acobardé al último momento.

Caminé a ti, tu mirabas triste y fijamente con los ojos extraviados del mundo al suelo, queriendo no tener que apartarlos de ahí jamás, nunca hasta la eternidad.

(Mirar el suelo cuando estás triste suele ponerte más triste de lo que ya estás, y peor, porque estás triste y mirando al suelo y sin poder escapar de la tristeza).

Cuando estaba a punto de llegar a ti tú me miraste, de la nada, sin indicios de que eso fuera a suceder, tu mirada se apartó del suelo y vino a mí, fue ahí donde tuve miedo, donde decidí volver.
Cerré los ojos, suspiré y me di la vuelta.

-Espera -y tu voz era hermosa.

Pero claro, era una emífera condena, porque esa palabra quería decir que debía abstenerme de mi retirada, retirada meramente estratégica, lógicamente debía replantear la situación en mi cabeza. Pero ya era tarde...

Otra vez un suspiro.

Nuevamente cerré los ojos (hay algo mágico en cerrar los ojos y pensar en momentos como ese) tomé valor y me volteé.

-¿Querías decirme algo? -hiciste esa pregunta con una profunda tristeza en los labios. Con una profunda tristeza en el alma.
-No, en realidad sólo quería saber como estás.
-Ah... -dijiste, con tanta melancolía que me destrozó el corazón y me destrozó el alma y me destrozaste tú.

Dudé un momento, otra vez un suspiro (es sorprendente lo mucho que me haces suspirar)... otra vez tomé valor al cerrar los ojos. Me senté junto a ti. Tomé tu mano en silencio.
Te volviste hacía mí, "es el fin", pensé, una pequeña sonrisa en tus labios.

Nuevamente bajaste la mirada...

El tiempo pasó, no nos soltábamos las manos, mi mano te daba consuelo, te hacía sentir que había alguien ahí para ti y así era, yo estaba ahí para ti y en mis planes estaba seguir ahí el tiempo que fuese necesario.

De repente, en un movimiento  más abrupto de del que hubiese esperado en una situación así; soltaste mi mano y me abrazaste, y echaste a llorar en mi hombro derecho.

Yo también te abrace, mis brazos rodeando tu cuerpo te hacían sentir protegida (y es todo lo que yo quería, protegerte, protegerte de la tristeza y cualquier sentimiento similar), como si ya nada importara sino llorar, desahogarte, porque en mis brazos, porque a mí lado no era necesario ocultar tus sentimientos, no como con tus amigas  de las que habías huido hacía un rato y ahora te espiaban desde una esquina.

Y acaricié tu pelo, besé tu cabeza y apreté mi abrazo. Tú dejaste de llorar, y parecías feliz, a mí me pareció que todo lo que necesitabas era desahogar toda esa pena que puede acumular una persona. Te pusiste de pie dispuesta a irte y me diste la espalda, y justo antes de emprender tu marcha escuchaste una ahogada voz que salió de mi boca.
-Espera.
Volteaste en silencio, esperando que yo tomará la palabra.
-Antes de irte quería pedirte un favor.
-¿Cuál? -"¿cuál?", yo me hice la misma pregunta. Pero recordé que yo quería lograr algo cuando me acerqué, y después de lo que acababa de pasar era imposible que te negaras.
-Quiero pedirte que sonrías.

                                               Y así fue.
                                                                Y fue algo hermoso.

Algo ese día me dijo que no debía quererte.
         No me importó.
               Ante eso yo solamente te quise más.
                        Y no me arrepiento de haberlo hecho y seguir haciéndolo.

miércoles, 13 de mayo de 2015

Destino oscuro

"Es evidente que Dios me concedió un destino oscuro. Ni siquiera cruel. Simplemente oscuro."
-Mario Benedetti.

Dios padece de gangrena,
Ese es su castigo por hacer el bien.
Su piel se despedaza,
Él solo quería ayudar.

Sólo luz, sólo obscuridad,
no ha hecho nada sino vida
(maldito incrédulo infeliz,
el mal que ha hecho fue darle vida a la muerte).

La vida que es vida y la muerte que es vida, pero eterna.

¿Y Dios se desquita con nosotros y con  Benedetti?

Porque a cada uno nos concedió un destino oscuro.
Tan oscuro como el ataúd que rechina cada noche en que el muerto sale y baila,
y mueve la tierra,
y en cada cementerio un muerto bailando,
y una banda de rock satánico tocando en honor a Dios
(y Dios no muere para salvar al mundo,
muere para ir al panteón a bailar rock,
a beber, ponerse ebrio,
y al tercer día resucitó,
porque después de la banda vienen las muertas por la noche, y hasta el amanecer
vuelve a la tumba, porque para los muertos los días son sus noches,
corrijo entonces, resucitó la tercera noche,
porque la segunda noche había cruda,
jaqueca,
se la pasaba vomitando).

Y para poder gozar de la vida Él muere cada cierto tiempo.

Dios lo piensa y ha de morir feliz,
y no tiene nada que lamentar.

Pero aun así ese niño a de ahogarse,
ha de morir,
y el destino de Benedetti será oscuro,
enteramente oscuro,
sin luz ni sombra,
ni la sombra de una lágrima
ni la luz de una mujer.

Y todo hombre tendrá un destino oscuro por el resto de la eternidad.