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miércoles, 21 de enero de 2015

Perdido en su mirada

«Y pasa que cuando miras demasiado a una mujer, de repente, de golpe e inadvertidamente, te enamoras perdidamente, tanto así que uno queda irreconocible». 

 -Erick Quezada.

Ayer estaba en el café de siempre, leyendo, como siempre, iba a la mitad del libro el amor en tiempos de cólera, tenía un café en la mesa y tomé de él hasta terminarlo todo, pedí otro y continué con mi lectura...

Una muchacha entró y se sentó en la mesa frente a la mía, me miró curiosa, yo la miré mientras fingía leer, pidió un capuchino y un cenicero, me limité a mirar mientras fumaba mi primer cigarro de la noche (que ya tenía encendido y a punto de verse terminado).
El mesero trajo su capuchino y el cenicero, ella disolvió tres cubos de azúcar en su café, saco una hoja de papel, le prendió fuego y dejo morir en el cenicero, le dio un trago al capuchino y lo dejo de nuevo en la mesa, cerró los ojos y sonrió, le di la última fumada al cigarro y lo deje morir en mi cenicero, afuera llovía, a mí me gusta fumar cuando está lloviendo, busqué la cajetilla para tomar otro cigarro y mis dedos notaron que solo quedaban dos, no los tomé, decidí guardarlos para más tarde, ella tomó su bolso y sacó el mismo libro que yo fingía leer mientras la miraba. Leyó un rato mientras yo fingía, me miraba ocasionalmente, creó que sabía que la miraba, tal vez lo había notado porque nunca pensé en cambiar la página, un error de novato. Me sentía como Florentino Ariza en el parquecito, fingiendo leer para ver a Fermina Daza. Me miró de lleno con sus bellos ojos cafés y yo me perdí en su mirada... quién sabe cuánto tiempo permanecí perdido, pudieron ser horas o días o meses o solo un instante.

-Sara. -susurré.

Ella se levantó de su asiento, tomó su capuchino y vino hacía mi mesa, se sentó frente a mí, dejando atrás el cenicero con la hoja de papel quemada, no apartaba sus ojos de los míos, le dio un trago al capuchino y lo dejo de nuevo en la mesa (en mi mesa), cerró los ojos y sonrió... cerró los ojos y por fin fui consciente de mí otra vez. Su sonrisa era espléndida, perfecta, ella en sí era perfecta. Abrió los ojos, cerró el libro y lo puso en la mesa, hice lo mismo, fingir leer ya no servía de nada, cruzó su mirada con la mía y preguntó: "¿Sara?"

-Sara significa princesa. -Dije tartamudeando. Sonrió con esa sonrisa linda y dulce y cálida que tienen las princesas en las películas de niños.
-¿te parezco una princesa? -, dijo en tono burlón y dulce, siendo cruel pero haciéndome saber que no había respondido mal del todo.
Con esa pregunta se ruborizó mi cara y se aceleró mi corazón, podía escuchar sus latidos retumbar en mi cabeza, baje la mirada, sabiendo que me costaría la vida, ella llevó su mano a mi barbilla y levantó mi rostro, volvimos a vernos a los ojos y supe que no podía huir, me perdonó la vida, pero qué difícil verla y no morir.

-Eres demasiado linda para ser una princesa. -Respondí, esta vez sin tartamudear.

Ella se puso de pie, se acercó a mí, acarició mi mejilla y me besó los labios, pudimos besarnos toda la vida o un segundo solo, no lo sé. Cuando terminó se fue sin decir palabra ni emitir sonido ni gesto alguno, ni un adiós, ni un hasta pronto. Solo se fue, y con ella se llevó mi corazón.

Yo me fumé mis últimos dos cigarros antes de marcharme.

Hoy sigo leyendo este libro interminable, o mejor dicho, sigo fingiendo leer mientras miró fijamente esa mesa donde se sentó hace cincuenta y un años, nueve meses y cuatro días.



martes, 23 de diciembre de 2014

El poema de Pedro

"Él necesita encontrar un modo de expresar lo que quiere decir."
-Oasis.

Pedro está sentado dispuesto a escribir un poema. Piensa en cómo empezar sin tener una sola idea (como es de suponerse tampoco tiene dos o tres ideas, literalmente no tiene una sola) bebe de su café, preparado recién, de su café perfecto, caliente, cargado y no muy dulce, como la vida; tal y como el gusta a Pedro (pero un café caliente a la hora de escribir no sirve de mucho si no escribes). Mira al techo, respira profundo y piensa en su día, supone que debió de haberle pasado algo interesante, pero no le había pasado nada, lo más interesante que hizo (porque lo hizo el mismo), fue untarle mantequilla al pan con un tenedor y no un cuchillo, y lo hizo por no querer lavar el que estaba sucio en la repisa.
   Mira el reloj de allá adelante, colocado a mitad de la pared que tiene enfrente, las manecillas forman un ángulo de treinta y nueve grados, considerando al viento tal vez treinta y ocho (porque los caprichos de viento suelen hacer que las matemáticas no sean exactas, que sean un juego de adultos en un mundo infantil o prenatal), es sorprendente que Pedro lo percibe pero aún tiene con él la incapacidad de escribir, y peor aún la tiene sin el conocimiento de la hora porque ante el asunto de los ángulos olvidó que la quería saber y no lo hizo.

 Tiempo
            que
                  Pedro
                               pasa
                                        sentado
                                                     pensando
                                                                     sin hacer
                                                                                       nada.                                                                       
               
Pedro se resigna a no escribir, se levanta y toma un corta uñas, pensando en cortar ligeramente las de sus manos, comienza con el meñique de la izquierda, mira el fondo rosado de su uña, una rebuscada (palabra que es perfecta puesto que es una idea bastante cuestionable y es una idea, una idea a fin de cuentas, y Pedro buscaba una desde hacía mucho tiempo y al fin, por incoherente que pareciera la había encontrado) idea atraviesa su mente, vuelve a su mesa de centro para escribir aquello que tardó tanto en pensar y al mirar el lienzo en blanco piensa en un caballo blanco y en uno café, los caballos se relinchan el uno al otro, supone que discuten, pero no puede entender los relinchos de un caballo, pueden estar hablando de lo desagradable que es ser montado, del frío de aquellas noches a la intemperie del campo bajo la luz consoladora de cientos o miles de estrellas, incluso de cuanto pasto eran capaces de comer, todo esto sin que Pedro lo imaginara.
 La mente de Pedro vuelve a él, y aún recuerda la idea que vino del fondo rosado de su uña, pero no deja de pensar en los caballos, abre la ventana y toma aire para seleccionar sobre cuál de estos dos temas escribir; en la casa frente a la suya hay una mecedora, como la que solía usar su abuela, se imagina a sí mismo treinta años en el futuro meciéndose en una silla similar, tal vez incluso la misma, porque cuando de imaginación se trata no hay ningún límite, o nos limitamos a ignorarlos, pensando en este día, en el poema que escribió, y en este momento, las ideas fluyen en su pequeño cerebro.

El día terminó y él no escribió nada, recapacitaba y se preguntaba qué es peor, no tener idea de que escribir, o que la abundancia de ideas no te deje decidir en cual poner tu enfoque. Pasa toda la noche buscando una respuesta.
Busca....
              Busca....
                           Busca....
                                          Ahora café...
                                                             Busca...

Para él no hay respuesta, para él ambos son lo peor que le puede pasar a un soñador. Amanece y se da un baño, se prepara un café y se fuma un cigarro a la entrada, vuelve a la mesa de centro de ayer, que le recuerda burlona la incapacidad que tuvo de escribir, las lágrimas brotan de sus pequeños y oscuros ojos, y le recorren las mejillas, Pedro entonces toma su libreta y escribe el más triste y hermoso poema que jamás existirá...

viernes, 19 de diciembre de 2014

Café frío

"El café frío nunca es bueno, Es como hacer el amor con calcetines" 

-Erick Quezada. 

Y claro, quedas satisfecho, porque fue delicioso y placentero. Pero luego recuerdas el sabor del café caliente o una mujer desnuda, sin calcetines, y piensas que es infinitamente mejor que lo que acabas de hacer o tomar. Cuando tomas café -caliente, eternamente caliente-, sin calcetines y con una mujer desnuda recostada en tu pecho, sintiendo su respiración a flor de piel y acariciando su cabello, es completa y totalmente una experiencia única y maravillosa. Porque cuando tomas café -frío, eternamente frío-, con calcetines y una mujer desnuda recostada en tu pecho, sintiendo su respiración a flor de piel te da asco, te da asco ella y el café y la vida, y no quieres volver a verla jamás aunque la hayas amado desde siempre -o incluso antes-. Y efectivamente no la vuelves a buscar ni a ver. Perder el amor de tu vida se evita al evitar tomar el café frío.

El café frío atrae a las moscas, en eso es como la miel, a diferencia que si que si una mosca se acerca a la miel una abeja la asesina. Pero si una mosca se acerca al café frío uno suspira y agradece y venera a la mosca, porque gracias a ella ya no se lo tiene que tomar. Porque no tomarse un café sin una excusa prudente es un pecado capital y aún peor.

miércoles, 3 de diciembre de 2014

Los ojos tras el cristal.

"Contigo vale la pena vivir
                  aunque haga frío."
              
-Mario Benedetti.      


Hay veces que el mundo es una mierda y otras mucho más extrañas, en que el mundo es una mierda pero ya no importa; o mejor dicho, ya no te importa.

Una de esas raras y extrañas ocasiones le ocurren a Paul diariamente desde hace un par de meses, cuando se encontraba en su colegio, Paul estudia en el turno matutino, pero ese día, lunes, le había tocado el aseo y su turno se había marchado, el turno vespertino estaba ingresando y Paul era muy flojo, lógicamente tardó, en 1°F tenía un amigo e igual ya estaba allí, ¿por qué no ir a saludar antes de irse?, así lo hizo, tomó sus cosas, fue a aquel salón y saludó a su amigo, esto claro consiente de que el mundo es una mierda, pero cuando iba a marcharse vio unos hermosos ojos detrás de un hermoso cristal, unos ojos que le pertenecían a una hermosa chica o niña o joven o como tú lector le quieras llamar, Paul prefiere el término niña.
Paul se fue. El mundo era mierda.

Después de verla eso no importó.

Los siguientes días y semanas Paul se quedaba a mirar en silencio. Enamorado. A ella y sus lindos ojos de estantería que protegía tras un cristal.

Cada noche le escribía, como es de suponerse ella nunca lo leía porque él, penoso como todo enamorado de verdad, no se atrevía a entregarlo.

Un día, jueves en esa ocasión decidió quedarse, como siempre, ese día una muchacha que lo había visto en otras ocasiones le preguntó que hacía ahí -vengo a ver a tu amiga- respondió. Gracias a eso se entero que aquella linda niña de ojos cristalinos llevaba Rosario por nombre. y se decidió a hablarle, igual no perdería nada, su amiga le diría que le gustaba en poco tiempo, era mejor decirlo él. Y lo hizo.

Que el mundo sea una mierda ya no importa porque Paul piensa en Rosario.