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martes, 5 de diciembre de 2017

Entre letras y letras y palabras: vos a través del espejo.

Llegas y tu mente está en blanco, en blanco, nada está mal; de hecho, todo está perfecto, puesto que vos siempre tenés la mente en blanco, y cuando no, en colorado, o verde o azul o rojo o gris, o verde, rojo y azul, porque esos tres son los colores primarios para que una televisión funcione a colores. Y si no es a colores a vos no te gusta ver televisión, prefieres quedarte sentado sin hacer absolutamente nada, tomando café o leyendo un libro. Qué asco, un libro, lectura, café, y eres muy flojo, apuesto a que tu café es amargo, por la flojera que ocasionaba la idea de tener que batir mucho la bebida debido al hecho de que si le ponías demasiada azúcar el soluto no se disolvería sin el esfuerzo necesario. Lo más sencillo fue evitar que fuese necesario.

Pero el libro, tal y como debe ser, te aburre. Desertas y lo dejas de lado, y empiezas peor, con tu maldito rock and roll, con lo satánico y lo no satánico, que satánico o no a fin de cuentas es rock y es del diablo, lo mismo da si escuchas a The kooks que a Marilin Manson -es rock, es del diablo y se acabó-, dirían tu madre y tu padre y tus amigos a los que les gustan los corridos y los tumbados. Y te pones a bailar como loco (esto último tal vez se debe a que efectivamente eres un maldito loco, enfermo desquiciado hijo de puta) en calzoncillos, y el sujeto del espejo se aparece semi-desnudo con unos boxers iguales a los tuyos, a decir verdad, comienzas a pensar que ese sujeto te a estado espiando durante todos los días de tu vida, que no es nada tonto y que se disfraza o cambia su apariencia para que tú no lo descubras. Pero ahora que lo piensas bien, ese hombre que tienes enfrente, que te mira fijamente, y que coincidentemente hace los mismos ridículos pasos de baile que haces tú (¡cómo conoce esos pasos si no te espía!) se parece mucho al hombre que estuvo frente a ti esta mañana, y la noche anterior, y la anterior a esa. Se parece mucho al hombre que se rompió el brazo (muy sospechosamente) hace un par de años a la par que tú, sólo que mientras tu brazo roto era el derecho, el suyo fue el izquierdo, como si quisiera robar tu identidad, como si quisiera jugar ese estúpido juego de la simetría perfecta que tenían los adolescentes en sus estúpidas clases de teatro. Pero debes ser escrupuloso, no perder la calma, cualquier buen estratega de cualquier tipo sabe que la tranquilidad es la base de cualquier victoria. Por el momento, decides que lo mejor será mantener vigilado y a raya a ese sujeto tan particularmente extraño. Pones una silla y te sientas frente a él. Después de tanto tiempo es claro que sabe de alguna manera como piensas, conoce tu plan, sabía lo que harías, y claro, ha decidido jugar tu maldito juego, el cual nunca has jugado y en el que probablemente perderás una y otra y otra vez hasta el olvido; hasta el ayer.  En el aire hay viento y humo y cenizas y muerte. Sabiendo con certeza tu siguiente paso, también acercó una silla y se sentó; y se miraron fijo...



Y se miraron fijo...




Y se miraron fijo...




Humo, cenizas, café, cenizas, humo, muerte, cenizas...



Y se miraron fijo...
(Otro pequeño sorbo al café -amargo-).



Después de dos horas, tres cafés (preparados simultáneamente, tomados a la par por mera coincidencia), tú y aquel extraño hombre son los mejores amigos que jamás han existido ni existirán, pero que a pesar de ello existen. Estás con él, sentado, escribiendo y describiendo tu día entre letras y letras y palabras...

Y lo peor:


La s(o/u)ciedad no los entiende.

lunes, 17 de agosto de 2015

Del masoquismo: A veces las voces en tu cabeza te quieren ayudar y no las dejas.

Su sonrisa es hermosa, debes tratar de que nunca se borre de su rostro.

Pero bueno, eres un caballero y debes de respetar, así que claro, te le acercas con cautela, y de una manera totalmente respetuosa y caballeresca le preguntas:
-¿Puedo coquetearte?
-Lo siento, -responde ella-, soy una persona sin corazón.
Hay silencio, te dispones a disculparte por el atrevimiento de tu pregunta, pero ella añade:
-Pero sí, puedes coquetearme.

Una persona sin corazón, no seas tonto, probablemente a de romper tu corazón, el tuyo, el que tú sí tienes, pero no es bueno vivir en la tristeza, la felicidad es un estado de animo que no debe faltarnos nunca, y su sonrisa te hace feliz, y vale la pena sufrir a cambio de hacer cosas que realmente te hacen feliz, vale la pena sufrir por una sonrisa suya, por hacerla sonreír, por su sonrisa, por estar con ella aunque sea un rato.

Eres valiente, o tonto o imbécil o valiente, estás dispuesto a morir por algún tiempo, estás dispuesto a que tu corazón ya no sea tuyo, solo para que el tiempo que sigas con vida ella sonría.

Ella es hermosa, ella es un suicidio, un hermoso y emífero suicidio, y es hermosa, escapa, no hará la diferencia, ella igual sonreirá, porque de no ser tu será otro, habrá alguien más que quiera morir por hacerla sonreír, te lo aseguro, ya habrá alguien que lo haga.


(Y no te importa, tú igual vas a intentarlo…).

lunes, 20 de julio de 2015

El loco en llamas

 


“Durante mi meditación, no pude sentir ninguna gota de agua. No sentía frío, no percibía el olor de la humedad de la tierra mojada. Durante mi larga meditación solamente éramos mi mente y yo.
En la soledad de las montañas mi única compañía era yo mismo.
Hablaba conmigo y me escuchaba, era una relación perfecta.
Hace tiempo que la tristeza no invadía mi corazón.
Nos querían quitar la libertad. Pero allí me di cuenta de la gran ignorancia que los regía. Pensaban que encerrándonos en una celda o matándonos a sangre fría iban a quitarnos la libertad, que equivocados estaban. Pues sólo un hombre que no entiende el concepto de libertad piensa que así puede quitarnos la nuestra, esas personas no entienden que la libertad está en el alma. El espíritu siempre a sido libre, ni yo soy capaz de encerrarlo, pues el va a donde quiere ir.

-Erick Quezada (El hombre en llamas).

Estoy enfermo.

Tengo tantos sentimientos dentro de mi alma, no quiero pensar, todas estas voces están matándome lentamente.

No he comido, no apetezco nada, quiero vivir, quiero salir a la calle y gritar lo que me gusta, lo que no, estoy atrapado entre estos cuatro muros.

Atrapado entre tanta libertad.  Lo único peor que la esclavitud es tener tanta libertad que no saber que hacer con ella (yo me rio de las personas que creen que estoy muriendo en este encierro y no pueden ver más allá de sus narices. De las que no pueden hacer nada que vaya más allá de su rutina diaria, se sienten libre y no salen a cenar los lunes por la mañana, no juegan bolos en una mesa de billar, de las personas que son prisioneras de tal manera que no han querido darse cuenta –como me molestan  las personas a las que les gusta morir entre sus propias rejas-).

Ahora soy una sombra un este mundo, (una sombra en un mundo  iluminado por la más profunda oscuridad).

El manicomio no es lo que esperaba, uno se la vive pensando que aquí todos son gritos de la gente loca (a la que llaman loca), y no, aquí todo es silencio, se tienen amigos igual que en una escuela, se platica con ellos pero sólo en voz baja, por si subes la voz una enfermera te dice que puedes dañar tus cuerdas vocales (nos tratan como pendejos mas que como locos), “quiero que sepan que voy a mandar a la chingada a la bola de idiotas que creen que deben encerrar a los que aclaman libertad, a los que tienen el coraje de seguir sus sueños, ven a alguien con valor de perseguir lo que desea y se asustan, y lo juzgan de loco y lo encierran , a la mierda con la gente inepta que se conforma con existir y soñar, uno debería existir solamente para alcanzar los sueños y no para tenerlos, con soñarlos no basta, por que Dios no dijo al hombre: -Y vos serás la especie más poderosa que he creado, y tendrás el poder sobre las bestias y las aves del cielo, y las creaturas del mar y el mundo entero serán vuestros, siempre y cuando seas conformista-.”

Dije eso y me aislaron, me encerraron (como si realmente pudieran privar a mi alma de la libertad).

Decidí morir, y decidí hacerlo como hace un siglo aquel monje, así que esperé a que me llevaran de nuevo  a mi cuarto, tomé mi libro “Buscando las palabras correctas”  y subrayé las siguientes frases:   El hombre debe morir constantemente para renacer. Aquel que no muere nunca entenderá la vida.
Fui a la cocina y tomé el aceite, había decidido reenviar ese mensaje de vida, paz y transformación que al parecer, el mundo había olvidado.
(Tal vez así pueda desahogar mi corazón)

Encendí. Mi alma arde como las llamas que me consumen. Ahora tal vez piensen que soy la reencarnación de aquel monje, o que soy un maldito loco que no puede mantener la cordura de la vida (cuando en realidad solamente fui hacia la locura de la vida eterna).


Ahora espero que la humanidad reaccione, que se preocupe más por disfrutar la vida y menos por quienes si lo hacen, espero que entiendan que la única manera de calmar la libertad es siendo libre.




jueves, 28 de mayo de 2015

La Persecución De Samuel

Samuel está sentado en la puerta de la entrada, el día, como siempre, está tranquilo, Samuel ve pasar a alguien, por alguna extraña razón que él desconoce le sigue con la mirada hasta doblar la esquina, toma aire, y por alguna extraña razón (que  tal vez sea la misma), se levanta y lo sigue él mismo.

El extraño parece darse cuenta de que lo persiguen, voltea; “mierda”, piensa Samuel, “no es posible, seguro que estoy soñando”, Pero Samuel había tenido razón.

El extraño entra en un callejón, a la mitad, del lado derecho un contenedor de basura. Sé lo que se piensa al leer eso: “pero, qué cosa sin importancia”.
Y es correcto, ese contenedor no tiene importancia alguna, aún…

Era un callejón sin salida, Samuel no dejaba de preguntarse por qué el extraño huía, y si lo que había visto era real…

El extraño llego al fondo, recorrió la barda con sus palmas milimétricamente como buscando una salida, un pasadizo secreto, algún lugar por dónde escapar, alguna clase de esperanza. No había, no había ninguna otra opción, el extraño suspiró, se dio la vuelta y se preparó para lo que venía.

Samuel entró en el callejón, se acercó a su paso normal, de hecho, estaba sorprendido de haberlo seguido tan de cerca aun después de no haber apretado el paso cuando él lo hizo.

Por fin Samuel se detuvo, y ahí estaba él, ahora al fin de esa larga caminata estaban los dos frente a frente.
“Mierda, -volvió a pensar Samuel-, no me lo he imaginado”.

Lo que Samuel veía frente a sí no era un extraño, era él, un personaje increíblemente idéntico a Samuel, era como un espejo en tercera dimensión, y más que un espejo, porque un espejo solo refleja lo que hace la persona, pero aquel desconocido  reflejaba más que sólo sus acciones, reflejaba sus sentimientos y emociones, reflejaba la esencia misma de sus ser, el sentimiento enloquecedor de esquizofrenia que le da cada vez que se siente perseguido,
Su forma de casi imperceptible de apresurar el paso, el mantenerse total e infinitamente sereno exteriormente aun cuando siente que su corazón va a colapsar y colapsa, el no detenerse hasta que no le queda opción, aún sin saber si es verdad si lo persiguen, (que hasta ahora nunca ha sido el caso, exceptuando la vez en que su novia le quería dar una sorpresa, y convencida de que la había visto, de que sabía exactamente quién era y de que la estaba evitando lo dejó. Seguro que dejarlo iba a ser la sorpresa y utilizó eso de pretexto). El no sentirse capaz de defenderse ni siquiera porque  siempre carga con él una pistola semi-automática que había conseguido hace tres años, en sus primeros ataques de esquizofrenia.

A Samuel siempre le ha asustado el pensar en qué sería capaz de hacer en una situación como ésta, en la que el perseguidor lo tuviera  acorralado, y tenía miedo, y eran dos miedos, el miedo lógicamente obvio, y el hasta dónde sería capaz de llegar para no ser atrapado. Y si aquel extraño era verdaderamente un reflejo de su ser; estaba a punto de averiguar lo segundo.

El extraño metió la mano en el bolsillo de su pantalón, cuando saco la mano, sujetaba un arma semi-automática, apuntó, del cañón del arma salió una bala, Samuel cayó al suelo, bajo su torso había un río de sangre corriendo que nacía de su cuerpo, de la herida de una bala.

Un extraño, corriendo fuera de dicho callejón, doblando hacía la derecha en la esquina más cercana, perdido entre la multitud, con lágrimas en los ojos, llorando, corriendo sin rumbo alguno, aún si creer lo que acababa de hacer, pero sabiendo que lo hizo…

En la acera de enfrente una niña vio la escena, se acercó a Samuel, miró como yacía en el suelo su cuerpo agonizante, como con cada trabada y mortal respiración se le acaba de poco el alma y las fuerzas para luchar el seguir con vida. La niña pensó la situación, y decidió ayudar a Samuel. Fue al cubo de basura y buscó algo, después de encontrarlo volvió con Samuel, que tal vez pudo haber vivido; pero su suerte fue otra, pues la niña empuño el objeto misterioso que saco del cubo y se lo clavó en el corazón. Samuel murió al instante, la niña rompió en llanto junto al cuerpo, y el sonido de una patrulla cada vez más cerca invadió el callejón.

Minutos después un coche policial se estacionó en la entrada del lugar, la niña seguía sollozando junto al cuerpo inanimado, la luz crepuscular iluminaba sus bellos ojos verdes, ahora rojos de tanto llorar.

-Que triste escena- pensó el oficial.

Unos ojos se abrieron en la penumbra de la noche, un cuerpo sudoroso se levanta de la cama, sudoroso a pesar del frío de la noche de invierno, el hombre fue a su escritorio, buscó en el cajón de la derecha y tomó su arma, sus manos comenzaron a temblar, su rostro dejo ver una sonrisa y Samuel se sintió terriblemente poderoso.

Después de pensarlo indefinidamente lo había decidido, aquello había sido un sueño, pero pensar en que era capaz de asesinar carcomía a Samuel desde sus adentros.

Ya en la orilla del río, Samuel miró su arma por última vez, la llevo a la parte trasera de su cabeza, cerró los ojos y tomó valor, del puente descendió un bulto y el río casi no salpicó agua.

Samuel estaba orgulloso, jamás pensó en el suicidio, pero sabía que haber tirado el arma al río podría ser un suicidio, y aún así lo hizo.

Camino a casa se sintió perseguido.


Está vez era cierto...